¿Por qué quiero terminar la relación cada vez que discutimos?

Escrito por Lucía Vara 
Psicóloga Sanitaria
Nº colegiada: M40831
Publicado el 24 de julio de 2026

Cuando el conflicto se convierte en una amenaza para el vínculo

El impulso de terminar una relación durante una discusión ha sido estudiado científicamente. En algunas personas, el conflicto puede activar el miedo al rechazo, al abandono o a perder la conexión con la pareja. Comprender qué se activa en esos momentos puede ayudarte a diferenciar entre la necesidad de escapar del malestar y la necesidad real de terminar una relación.

Cuando el conflicto activa el miedo al rechazo, al abandono o a perder la conexión

Hay personas que, durante una discusión con su pareja, sienten algo que puede resultar desconcertante incluso para ellas mismas.

La conversación empieza por un desacuerdo concreto.

Pero, en algún momento, aparece un pensamiento mucho más grande:

«No puedo seguir con esto»
«Deberíamos dejarlo»
«Esta relación no va a funcionar»
«Mejor terminar ahora»

Y después, cuando la discusión ha pasado y la activación disminuye, la certeza ya no parece tan evidente.

Quizá unas horas más tarde vuelves a sentir cariño por tu pareja. Quizá incluso te preguntas por qué, en aquel momento, estabas tan convencido de que querías terminar.

Esto no significa necesariamente que el impulso de romper sea irracional.

A veces una relación realmente no funciona y el conflicto nos ayuda a verlo.

Pero en otras ocasiones puede ocurrir algo diferente: el conflicto activa con tanta intensidad el miedo al rechazo, al abandono o a perder la conexión que aparece una necesidad urgente de escapar de la situación.

La pregunta entonces no es únicamente:

«¿Quiero terminar esta relación?»

También puede ser:

«¿Quiero terminar la relación o necesito que termine lo que estoy sintiendo ahora mismo?»

Distinguir ambas cosas puede ser especialmente importante cuando este patrón se repite.

Cuando una discusión deja de sentirse como una discusión

No todos vivimos el conflicto de la misma manera.

Para algunas personas, una discusión puede resultar desagradable pero relativamente contenida:

«Estamos enfadados. Tenemos que hablarlo.»

Para otras, el mismo desacuerdo puede adquirir un significado mucho mayor:

«Algo va mal»
«Está decepcionado conmigo»
«Se está alejando»
«Ya no me quiere»
«Esto va a terminar»

La diferencia no está necesariamente en lo que está ocurriendo objetivamente, sino también en cómo se interpreta y en qué significado adquiere para cada persona.

La investigación sobre conflicto de pareja desde la teoría del apego señala precisamente que los conflictos intensos o persistentes pueden activar el sistema de apego y que las respuestas ante ellos están influidas por diferencias individuales, entre ellas la ansiedad y la evitación relacionadas con el apego.

Cuando el vínculo se siente amenazado, algunas personas buscan recuperar rápidamente la proximidad.

Otras hacen lo contrario:

se retiran.

Y algunas pueden pasar de una estrategia a otra.

Buscar al otro.

Sentirse rechazado.

Enfadarse.

Amenazar con terminar.

Alejarse.

Volver a buscar contacto.

El problema no es solamente el conflicto inicial.

Puede ser lo que el conflicto llega a significar.

El cuerpo también participa en la respuesta

Una discusión de pareja no es únicamente un intercambio de palabras.

Cuando una situación se percibe como amenazante, también puede producirse una activación fisiológica.

El corazón puede acelerarse.

La respiración puede cambiar.

Aumenta la tensión muscular.

La atención se estrecha.

Resulta más difícil pensar con perspectiva.

Y puede aparecer una sensación de urgencia:

«Tengo que hacer algo ahora.»

La investigación de Gottman y Levenson estudió precisamente la relación entre los procesos conductuales y fisiológicos observados durante las interacciones matrimoniales y la posterior disolución de algunas relaciones. En sus trabajos longitudinales, determinados patrones de interacción y regulación fisiológica durante el conflicto se asociaron con el riesgo posterior de separación.

Esto no significa que exista un determinado nivel de frecuencia cardiaca a partir del cual una persona deje de poder pensar racionalmente, ni que la activación fisiológica permita predecir por sí sola el futuro de una relación.

Sí significa algo más general:

cuando la activación aumenta mucho, puede resultar más difícil responder al conflicto desde la perspectiva y la regulación que tendríamos en un estado de mayor calma.

Cuando el impulso de terminar aparece como una forma de protección

Imagina que durante una discusión tu pareja dice:

«Necesito un poco de tiempo para pensar»

La frase puede tener muchos significados.

Pero si tienes una elevada sensibilidad al rechazo, quizá no la escuches simplemente como una petición de espacio.

Puedes interpretarla como:

«Está harto de mí»

Y después:

«Va a dejarme»

Y entonces aparece una necesidad urgente de recuperar el control:

«Pues terminamos»

No siempre se trata de una decisión consciente.

Puede ser una forma de protegerse de la posibilidad de ser rechazado.

Si existe el temor de que la otra persona pueda abandonarnos, adelantarse a ese abandono puede proporcionar momentáneamente una sensación de control:

«Si voy a ser dejado, prefiero irme yo»

Esto no significa que toda persona que amenaza con terminar tenga miedo al abandono.

Pero puede ser una de las dinámicas que aparecen cuando el conflicto activa una sensibilidad intensa ante el rechazo.

Sensibilidad al rechazo: esperar, detectar y reaccionar

Uno de los conceptos más estudiados para comprender este fenómeno es el de sensibilidad al rechazo.

Geraldine Downey y Scott Feldman la describieron como una disposición a esperar ansiosamente el rechazo, percibirlo con facilidad y reaccionar intensamente ante él.

Las tres partes son importantes.

Esperar

La persona puede estar especialmente atenta a la posibilidad de que la rechacen.

Percibir

Señales ambiguas pueden interpretarse como indicios de rechazo.

Reaccionar

Cuando el rechazo se percibe, la respuesta emocional puede ser especialmente intensa.

Esto puede ocurrir incluso cuando la intención de la otra persona no era rechazar.

Por ejemplo:

«Hoy estás más distante»

puede convertirse internamente en:

«Ya no le importo»

O:

«Necesito estar solo esta noche»

puede transformarse en:

«No quiere estar conmigo»

La sensibilidad al rechazo no significa que la persona invente deliberadamente situaciones.

Significa que su sistema de interpretación puede estar especialmente preparado para detectar posibles señales de pérdida de conexión.

La investigación experimental de Downey y Feldman encontró precisamente que las personas con mayores expectativas ansiosas de rechazo eran más propensas a percibir rechazo intencional en comportamientos ambiguos. También se observó que esta sensibilidad podía afectar a la satisfacción de ambos miembros de la pareja.

No todo empieza en la relación actual

Una pregunta importante es por qué determinadas personas interpretan el conflicto como una amenaza tan grande.

No existe una única explicación.

La sensibilidad al rechazo puede estar influida por experiencias anteriores, aprendizajes relacionales y diferencias individuales en la forma de procesar las señales sociales.

Las experiencias tempranas pueden formar parte de esa historia.

Pero sería incorrecto afirmar:

«Si quieres romper durante una discusión, es porque tuviste una infancia traumática»

No podemos concluir eso.

Una historia familiar difícil puede contribuir a determinadas expectativas sobre las relaciones, pero también existen muchos otros factores.

Y no todas las experiencias adversas producen el mismo resultado.

Lo importante es que aprendemos qué podemos esperar de los vínculos.

Si una persona ha vivido repetidamente situaciones en las que el conflicto iba acompañado de gritos, rechazo, amenazas de abandono, retirada afectiva o rupturas repentinas, puede resultar comprensible que llegue a asociar el conflicto con la pérdida de la relación.

En cambio, crecer en un contexto donde las personas podían discrepar, enfadarse y posteriormente reparar puede contribuir a construir una expectativa diferente:

«Podemos estar enfadados y seguir estando vinculados»

No significa que la infancia determine nuestro estilo de relación.

Significa que las experiencias relacionales forman parte de los aprendizajes con los que llegamos a las relaciones adultas.

Cuando el miedo empieza a confirmar aquello que temes

Aquí aparece uno de los mecanismos más interesantes de la sensibilidad al rechazo.

La expectativa de rechazo puede influir en la manera en que respondemos.

Y esa respuesta puede afectar a la otra persona.

Imagina este ciclo:

Miedo al rechazo

Interpretación de una señal ambigua como rechazo

Activación emocional

Defensa, enfado, retirada o amenaza de ruptura (es decir, hago una conducta defensiva)

Mi pareja se siente atacada o insegura 

Se distancia

La distancia se interpreta como confirmación

«Sabía que iba a dejarme»

La investigación sobre sensibilidad al rechazo en las relaciones ha encontrado precisamente evidencia de estos procesos circulares: la percepción de rechazo puede generar hostilidad u otras respuestas defensivas que, a su vez, pueden contribuir a provocar respuestas negativas en la pareja.

Esto no significa que la persona sea responsable de que la rechacen.

Ni que cualquier conflicto provocado por una conducta defensiva sea culpa de quien tiene sensibilidad al rechazo.

Significa que una estrategia que inicialmente pretende proteger la relación puede terminar deteriorándola.

«Si me vas a dejar, mejor me voy yo»

La amenaza de ruptura puede cumplir distintas funciones.

A veces expresa una decisión real.

Pero en otras ocasiones puede funcionar como:

·  una forma de recuperar el control
·  una manera de comprobar si la otra persona nos elige
·  un intento de detener una conversación que resulta insoportable
·  una estrategia para evitar sentirse vulnerable
·  una manera de protegerse anticipadamente de un posible rechazo.

El problema aparece cuando la amenaza de ruptura se convierte en una respuesta automática.

La discusión ya no puede desarrollarse porque la relación misma entra inmediatamente en juego.

El conflicto deja de ser:

«Tenemos un problema que resolver»

y pasa a convertirse en:

«Tenemos que decidir ahora mismo si seguimos juntos»

Esto aumenta todavía más la presión sobre ambos.

Y no todas las personas reaccionan acercándose

La sensibilidad al rechazo no siempre se manifiesta buscando más proximidad.

En algunas personas, el malestar puede llevar a retirarse.

Durante una discusión pueden:

·  dejar de hablar
·  
salir de la habitación
·  
cortar la conversación
·  
mostrarse emocionalmente distantes
·  
decir que necesitan estar solos
·  
plantear terminar la relación.

Desde fuera puede parecer indiferencia.

Pero la conducta observable no nos permite saber automáticamente qué está ocurriendo internamente.

Una persona puede retirarse porque necesita regularse.

Otra puede hacerlo para evitar sentirse vulnerable.

Otra puede estar realmente desconectándose de la relación.

Y otra puede utilizar la retirada como una forma de castigo.

La misma conducta puede tener funciones diferentes.

Por eso no sería adecuado interpretar cualquier retirada como «apego evitativo» ni cualquier amenaza de ruptura como «miedo al abandono».

El contexto importa.

Cuando la activación hace difícil resolver el problema real

Hay otro motivo por el que estas dinámicas pueden resultar tan difíciles de modificar.

Cuando estamos muy activados, la conversación puede dejar de centrarse en el problema original.

Quizá la discusión empezó porque uno llegó tarde.

Pero diez minutos después estáis hablando de:

«Nunca me tienes en cuenta»

«Siempre haces lo mismo»

«No puedo confiar en ti»

«Entonces, ¿para qué estamos juntos?»

El problema concreto ha quedado enterrado bajo una discusión mucho más amplia sobre la seguridad de la relación.

En ese estado, resulta difícil escuchar realmente lo que la otra persona está intentando decir.

Y también resulta más difícil expresar lo que uno necesita sin recurrir a estrategias defensivas.

Esto es relevante porque resolver un conflicto no significa simplemente hablar más tiempo.

A veces es necesario reducir primero la activación para poder volver a la conversación con suficiente capacidad para escuchar, pensar y responder.

¿Significa esto que deberíamos evitar los conflictos?

No.

Y esta es una cuestión importante.

Una relación sana no es una relación en la que nunca existe desacuerdo.

Los conflictos forman parte inevitable de las relaciones íntimas, especialmente cuando existen necesidades, expectativas o intereses diferentes.

La cuestión es cómo se afrontan.

Una revisión de Nickola Overall y James McNulty señala que no existe una única forma de comunicación que sea siempre beneficiosa durante el conflicto. La utilidad de una estrategia depende del problema y del contexto. Por ejemplo, abordar directamente un problema puede ser beneficioso cuando existe algo importante que necesita cambiar y ambos miembros pueden responder a esa influencia; en otras circunstancias, una comunicación cooperativa y validante puede resultar más adecuada.

Por tanto, la alternativa a las discusiones destructivas no es necesariamente:

«No discutamos»

Puede ser:

«Aprendamos a discutir de una forma que permita resolver los problemas sin convertir cada desacuerdo en una amenaza para la relación»

El conflicto puede revelar problemas reales

También conviene evitar el extremo contrario.

Si una persona tiene una gran sensibilidad al rechazo, puede ser tentador interpretar cualquier deseo de ruptura como una reacción emocional que debería aprender a controlar.

Eso también sería un error.

Hay relaciones en las que el conflicto revela problemas importantes.

Por ejemplo:

·  desprecio constante
· 
humillación
·  
manipulación
·  
control
·  
violencia
·  
infidelidades repetidas sin reparación
·  
incompatibilidades fundamentales
·  
necesidades importantes ignoradas de forma sistemática
·  
ausencia de voluntad de cambio.

En estos casos, regular la activación no significa aprender a quedarse.

Y comprender que una reacción tiene un componente emocional tampoco obliga a ignorar la información que proporciona.

A veces el conflicto no activa una herida antigua.

A veces pone de manifiesto que existe un problema real en la relación.

La pregunta no es solamente «¿quiero romper?»

Cuando el impulso aparece en mitad de una discusión, puede ser útil no tomar inmediatamente una decisión definitiva.

No porque siempre debamos permanecer en la relación.

Sino porque una decisión importante puede necesitar un estado emocional suficientemente estable para poder valorar toda la información disponible.

Puede ser útil preguntarse después:

¿Sigo queriendo terminar cuando estoy tranquilo?

Si la respuesta es consistentemente sí, merece la pena explorar qué está ocurriendo en la relación.

¿El deseo de terminar aparece únicamente durante los conflictos?

Si solo aparece cuando estás muy activado y desaparece cuando recuperas la calma, puede ser útil explorar qué activa ese impulso.

¿Qué ocurre justo antes de que aparezca?

¿Te sientes rechazado?

¿No escuchado?

¿Criticado?

¿Abandonado?

¿Controlado?

¿Atrapado?

¿Qué esperas que ocurra cuando dices que quieres terminar?

¿Realmente quieres acabar?

¿Quieres que tu pareja te tranquilice?

¿Quieres recuperar el control?

¿Quieres que la discusión termine?

¿Quieres comprobar que la otra persona todavía te elige?

¿Cómo son los conflictos cuando pasan?

¿Existe reparación?

¿Podéis hablar después?

¿Ambos asumís responsabilidad?

¿Los mismos problemas vuelven sin cambios?

Estas preguntas pueden aportar información mucho más útil que intentar etiquetar rápidamente la reacción.

«Si estuviera completamente tranquilo, ¿seguiría queriendo terminar?»

Esta puede ser una pregunta útil.

No es un diagnóstico.

Tampoco es una regla que indique que el deseo de terminar durante una discusión no debe tomarse en serio.

Pero permite introducir una distinción:

¿Estoy reaccionando a la relación o estoy reaccionando a mi estado emocional actual?

A veces la respuesta será:

«Cuando estoy tranquilo sigo sabiendo que esta relación no es buena para mí.»

Entonces conviene escuchar esa información.

Otras veces será:

«Cuando estoy tranquilo no quiero terminar. Lo único que quería era que dejara de sentirse así»

En ese caso puede haber algo importante que explorar en torno a la regulación emocional, el conflicto, el apego o la sensibilidad al rechazo.

Aprender que el conflicto no equivale al abandono

Una de las experiencias más importantes que puede desarrollarse dentro de una relación segura es algo que parece sencillo, pero no siempre lo es:

podemos estar en desacuerdo y seguir estando vinculados.

Podemos enfadarnos.

Podemos necesitar espacio.

Podemos decir algo que haga daño y después repararlo.

Podemos expresar una necesidad que al otro no le guste.

Podemos descubrir que tenemos puntos de vista diferentes.

Y, aun así, la relación puede continuar.

Esto no significa tolerar cualquier comportamiento.

Significa que la existencia de conflicto no determina por sí misma la existencia o no de amor.

La investigación desde la perspectiva del apego considera precisamente que el conflicto puede activar el sistema de apego, pero también que las respuestas de las parejas pueden contribuir a regular o agravar esa activación.

La seguridad no consiste en no sentir nunca amenaza.

Puede consistir, en parte, en aprender que la amenaza percibida no siempre termina en pérdida.

Reparar es tan importante como discutir

Una pareja no necesita resolver todos sus conflictos perfectamente.

Pero sí necesita poder volver a encontrarse después.

La reparación puede adoptar muchas formas:

«Antes me he puesto a la defensiva»

«Entiendo mejor ahora por qué te dolió»

«Necesito hablar de esto, pero no quiero hacerlo mientras estamos tan enfadados»

«No quiero terminar. Necesito un momento para tranquilizarme»

«Podemos estar enfadados y seguir intentando resolverlo»

Estas respuestas no eliminan el conflicto.

Cambian su significado.

La discusión deja de ser necesariamente una señal de que la relación está en peligro y puede convertirse en un problema concreto que dos personas intentan resolver dentro de una relación que sigue existiendo.

No se trata de aprender a quedarse en cualquier relación

Este punto merece repetirse.

Si alguien siente constantemente el impulso de terminar, la solución no es simplemente aprender a tolerar más conflicto.

La terapia de pareja o individual tampoco debería tener como objetivo preservar cualquier relación a cualquier precio.

A veces la intervención adecuada consiste precisamente en reconocer que una relación no ofrece suficiente seguridad, respeto, reciprocidad o compatibilidad.

Por eso el objetivo no es:

«Dejar de querer romper»

Es:

«Comprender qué significa para mí querer romper en ese momento»

A veces significará:

«Necesito terminar esta relación»

Y otras:

«Necesito aprender a atravesar el conflicto sin sentir que tengo que escapar»

La diferencia puede ser difícil de identificar cuando estamos completamente activados.

Pero puede hacerse más clara cuando podemos observar el patrón con cierta distancia.

Cuando el impulso de escapar tiene una historia

Si una persona ha aprendido durante mucho tiempo que la cercanía puede desaparecer sin aviso, que el conflicto termina en abandono o que mostrar vulnerabilidad es peligroso, es posible que algunas situaciones actuales activen respuestas que tienen raíces anteriores.

Eso no significa que el pasado controle automáticamente el presente.

Tampoco significa que toda dificultad relacional tenga su origen en la infancia.

Significa que las experiencias anteriores pueden contribuir a construir expectativas sobre lo que podemos esperar de una relación.

Y esas expectativas pueden influir en cómo interpretamos lo que ocurre ahora.

La sensibilidad al rechazo, por ejemplo, se ha relacionado con procesos defensivos que pueden aparecer de forma rápida ante señales percibidas de rechazo. Estudios experimentales incluso han encontrado diferencias en la respuesta defensiva ante señales de rechazo en personas con mayor sensibilidad al rechazo.

Comprender estos patrones no sirve para culpar al pasado.

Sirve para entender por qué una reacción que hoy resulta problemática pudo tener sentido en otro contexto.

El objetivo no es que nunca quieras marcharte

Una relación sana no exige que dejemos de escuchar nuestras propias señales.

Al contrario.

Necesitamos poder reconocer cuándo algo no funciona.

La diferencia está en poder escuchar esas señales sin quedar completamente dominados por ellas.

Si durante una discusión aparece:

«Quiero terminar»

podemos intentar hacer una pausa antes de convertir ese pensamiento en una decisión definitiva.

No para ignorarlo.

Para poder preguntarnos:

¿Qué está intentando decirme esta reacción?

Puede estar diciendo:

«Estoy muy activado»

Puede estar diciendo:

«Tengo miedo de que me rechacen»

Puede estar diciendo:

«Necesito espacio»

Puede estar diciendo:

«No me siento escuchado»

O puede estar diciendo:

«Esta relación realmente no está funcionando para mí»

Aprender a distinguirlas es parte del trabajo.

En definitiva

Querer terminar una relación durante una discusión no significa necesariamente que quieras terminarla. Tampoco significa necesariamente que tengas un trauma. El impulso puede surgir de diferentes procesos: activación fisiológica, sensibilidad al rechazo, ansiedad o evitación relacionadas con el apego, experiencias previas, estrategias defensivas o problemas reales dentro de la relación.

A veces la reacción intenta protegernos de una amenaza que está ocurriendo realmente.

Otras veces responde a una amenaza que nuestro sistema interpreta como inminente aunque la situación actual no la confirme.

Y en ocasiones ocurren ambas cosas a la vez.

Por eso, quizá una de las preguntas más útiles no sea:

«¿Por qué quiero romper cada vez que discutimos?»

sino:

«¿Qué ocurre dentro de mí justo antes de que aparezca la necesidad de terminar?»

Porque entre el conflicto y la decisión de romper puede haber un espacio.

Un espacio para comprender.

Para regularse.

Para escuchar.

Para valorar lo que realmente está ocurriendo.

Y, desde ahí, decidir si lo que necesita cambiar es la manera en que estamos afrontando el conflicto, la dinámica de la relación o la relación misma.

Preguntas frecuentes

¿Querer romper durante una discusión significa que ya no quiero a mi pareja?

No necesariamente. El impulso de terminar puede aparecer durante estados de elevada activación emocional y no siempre representa una decisión estable. Sin embargo, tampoco debe descartarse automáticamente: si el deseo de terminar persiste cuando estás tranquilo o aparece como respuesta a problemas graves y repetidos, merece ser tomado en serio.

¿Por qué algunas personas quieren terminar la relación ante cualquier conflicto?

Puede haber diferentes razones. En algunas personas, el conflicto activa miedo al rechazo, abandono o pérdida de conexión. La sensibilidad al rechazo puede hacer que determinadas señales ambiguas se interpreten como rechazo y generar respuestas emocionales intensas.

¿Amenazar con romper durante una discusión puede ser una forma de protegerse?

En algunas personas puede funcionar como una estrategia defensiva: si existe miedo a ser rechazado o abandonado, plantear primero la ruptura puede proporcionar una sensación momentánea de control. Pero no toda amenaza de ruptura tiene esta función y es importante analizar el contexto concreto.

¿El impulso de terminar durante una discusión es una respuesta al trauma?

No necesariamente. Puede estar relacionado con experiencias adversas o traumáticas, pero también con sensibilidad al rechazo, apego, aprendizaje relacional, regulación emocional o problemas actuales de la relación. No es posible identificar un trauma simplemente porque alguien quiera romper durante los conflictos.

¿Por qué durante una discusión siento que todo está mal y después lo veo de otra manera?

Una elevada activación emocional puede dificultar la capacidad para tomar distancia, considerar perspectivas alternativas y valorar el problema en su contexto. Por eso algunas decisiones parecen completamente evidentes durante una discusión y menos claras cuando la activación disminuye.

¿Es mejor no hablar de los problemas cuando estamos enfadados?

No existe una regla universal. Los conflictos importantes necesitan abordarse, pero la forma y el momento importan. La investigación indica que distintas estrategias de comunicación pueden ser útiles o perjudiciales dependiendo del problema y de la capacidad de ambos miembros para responder al otro.

¿Una pareja sana también puede tener discusiones intensas?

Sí. La ausencia total de conflicto no es un criterio suficiente para definir una relación saludable. Es importante observar qué ocurre durante y después de los conflictos: si existe respeto, capacidad de reparación, disposición a escuchar, posibilidad de resolver problemas y voluntad de cambio.

¿Cuándo debería preocuparme por mi impulso de terminar?

Especialmente cuando las amenazas o rupturas impulsivas se convierten en un patrón, cuando se utilizan para controlar a la otra persona, cuando nunca se llega a resolver el problema original o cuando existe maltrato, miedo, humillación, violencia o una falta persistente de respeto. En esos casos es importante valorar la relación en su conjunto y no interpretar todo como una reacción emocional.

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Fuentes científicas principales 

La base científica del artículo incluye la investigación clásica y posterior sobre sensibilidad al rechazo de Downey y colaboradores, los estudios de Gottman y Levenson sobre procesos fisiológicos y conductuales durante el conflicto, trabajos sobre conflicto de pareja desde la perspectiva del apego y revisiones sobre comunicación durante los conflictos. Los datos apuntan a que determinadas experiencias relacionales y diferencias individuales pueden contribuir a una mayor sensibilidad ante el rechazo y a respuestas defensivas durante el conflicto.

Implications of rejection sensitivity for intimate relationships
https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/8667172/

Lucía Vara
Psicóloga especializada en relaciones
Consulta en Tres Cantos (Madrid) y online